Orientar a pensar: Renato Galicia Miguel

2018-05-24T01:29:42+00:00

La Puerta

Orientar a pensar

Renato Galicia Miguel

Dice Alain Touraine que “los artistas y los intelectuales no deberían tener el monopolio de la cultura, sino hacer que la palabra de todos se escuche y entienda”. Algo ha de saber el teórico del híper modernismo de acaparamientos y gandalleces del rubro y de que estas prácticas se dan lo mismo en Oaxaca que París.

Además de la mejor grandeza humana y de la belleza y el goce estético, también de intereses económicos, codicia, egolatría, egoísmo y mezquindades está lleno el mundo artístico-intelectual. Motivos hay, en la entidad no faltan. Aunque luego se piense que la “cultura no vende”, ahí está el registro reciente de lo dicho por el investigador Alberto Soto Cortés: en un mercado de arte que, a nivel mundial, movió el año pasado 66 mil millones de dólares y en México generó en 2014 alrededor de cinco mil millones de pesos, Oaxaca ocupa un lugar privilegiado.

Pero, en fin, el punto en esta ocasión es que, además  de lo dicho por Touraine, el papel social de los artistas e intelectuales es provocar que pensemos, y no sólo pensar por nosotros, menos convertirnos (“motu proprio”) en sus seguidores y, peor aún, en sus fanáticos. Eso que se lo dejen a Televisa y sus huestes.

Mejor aún: no sólo que pensemos, sino que seamos críticos, autocríticos y que tengamos ideas propias, aunque sea una pendejada ‒una pendejada fundamentada, eso sí, fruto de vivencias, lecturas y demás‒, como señalaría el psiquiatra Ernesto Lammoglia.

El artista Francisco Toledo ha intensificado de un tiempo para acá su activismo social, ha hecho que se escuche la palabra de bastante gente en relación con la defensa del maíz criollo contra la ofensiva de la semilla transgénica de Monsanto y demás cómplices. Y más recientemente por la construcción del “Centro Cultural y de Convenciones de Oaxaca” (CCCO)  del gobierno del estado: de la Secretaría de Turismo y Desarrollo Económico (STyDE) en particular.

(Llama la atención que sobre acciones relacionadas  con el patrimonio oaxaqueño en donde se encuentra involucrada la Fundación Alfredo Harp Helú, como la Ciudad de los Archivos y, antes, la intervención en el ex convento de San Pablo, respecto de las cuales más de un oaxaqueño está inconforme, no ha dicho nada: sus razones tendrá).

Su intervención no sólo visibilizó sino hizo que trascendiera en los medios nacionales  la protesta de los vecinos de la colonia Guelaguetza Centro, a los cuales luego sólo cubría uno que otro medio local.

Todo eso, la lucha del artista Francisco Toledo contra el maíz transgénico y su protesta por el CCCO y lo que eso ha generado socialmente, está muy bien. Principalmente porque causa que esos  problemas trasciendan a los medios nacionales e incluso que el gobierno esté dispuesto, en el caso del segundo de ellos, a presentar el proyecto a Pro-Oax y a los vecinos del Cerro del Fortín (¿para el gobierno hay ciudadanos de primera y de segunda?, porque sin la intervención de aquel artista seguramente no hubiese hecho caso a dichos ciudadanos).

Pero, a la vez,  su activismo y protagonismo ha hecho que se manifieste cada vez más, tanto en ciertos acontecimientos como en las redes sociales y con diferentes personalidades de la cultura y el periodismo nacionales e internacionales, una circunstancia por demás controvertida: el que en el medio cultural oaxaqueño se perciba “in crescendo” esa fabricación de gurús, tótems y su consecuente fanatismo hacia ellos.

Y eso siempre preocupa porque es, el cultural, el territorio del pensamiento, de la creación propia, de la crítica, de la irreverencia, de la diferencia, de la diversidad de ideas, de la discusión, del rompimiento de monopolios, etcétera.

En su texto “Aparente levedad” (suplemento “Babelia” del periódico “El País”, 21 de agosto de 2010) José Luis Borau apunta: “Los grandes maestros, tanto en literatura como en pintura o en cualquier otro campo artístico, también hacen daño, no vayan ustedes a creer. En cierto sentido, un daño mayor incluso que el que puedan inflingirnos los malos autores. No se lo hacen a sus parroquianos ni a los seguidores con talento, claro está, pero sí a la morralla de los que pretenden imitarles a pie juntillas, sin reticencia suficiente para razonar por su cuenta o, simplemente, pasarlo todo a través del imprescindible tamiz de la sinceridad”.

Si como relata el colega Rodrigo Islas, durante la reciente presencia de la periodista Carmen Aristegui en el teatro Macedonio Alcalá para fungir como testigo de honor de la Comisión de la Verdad que investiga el conflicto político-social de 2006 en Oaxaca, al final mandaron hacer filas de fans para tomarse la “selfie” con ella ‒un poco o un mucho, quién sabe, al estilo de las “estrellas del canal” ‒, algo no está bien entre ciertos grupos de los ámbitos cultural y afines cuyo papel, entre otros, es por lo menos orientar a pensar a una sociedad con sectores mayoritarios en una situación socioeconómica, educativa y cultural deplorable.

Fotografía: www.revistatucan.com

 

Deja un comentario